Cuando la democracia arruina tu vida: los perdedores de la apertura birmana

Texto de: Laura Villadiego, Yangón (Birmania)

Win Ye vagó durante años de una casa a otra en Yangon, ahogada por la rapidez con la que subía el precio de los alquileres al mismo ritmo que crecían los hasta entonces escasos rascacielos en el horizonte de la antigua ciudad colonial. Su magro salario como limpiadora apenas le permitía costear la renta de las codiciadas casas de la antigua capital de Myanmar, un país que se abrió hace cuatro años a la inversión extranjera y que se ha convertido en uno de los mercados más apetecibles de Asia.

Durante los últimos años, Myanmar ha acumulado toda una serie de récords económicos y de halagos a las reformas liberales que están desmantelando la antigua economía socialista. El país asiático, estratégicamente situado entre China e India, es a menudo citado como uno de los lugares más interesantes para la inversión, especialmente después de que los países occidentales comenzaran a aligerar las sanciones impuestas en los años 90, y su economía ha crecido a un ritmo de un 8,5% en el ejercicio 2014/2015, según el Banco Mundial.

La apertura económica vino precedida en 2011 del desmantelamiento de la junta militar que había controlado el país con mano férrea durante casi 50 años y de la instauración de un gobierno supuestamente civil que ha estado, sin embargo, bajo control militar desde entonces. Los comicios que se celebran este domingo en Myanmar, las primeras elecciones generales libres en décadas, son para muchos un paso fundamental en la transición política del país asiático, hasta hace poco uno de los lugares más herméticos del mundo.

La apertura política ha tenido muchas sombras durante los últimos años, desde una constitución que aún reserva un 25% de los escaños del parlamento a los militares elegidos a dedo a una reciente purga en el Partido para la Unión, la Solidaridad y el Desarrollo (PUSD) que ocupa el gobierno. Las reformas económicas, sin embargo, han tenido menos críticos y muchos birmanos se han acostumbrado rápido a los teléfonos móviles que llegaron hace menos de un lustro al país, a los nuevos coches importados en su mayoría de China o a los nuevos cafés con conexión a internet.

Pero el crecimiento económico no ha beneficiado a todos por igual. Como Win Ye, muchos no han sido capaces de competir por los precios de los alquileres de Yangon que se doblaron entre 2012 y 2014, a pesar de que el Gobierno local ha intentado controlarlos con un incremento en los impuestos de compraventa.Win Ye, viuda y con 5 hijos, perdió la batalla, como tantos otros pobres y tuvo que mudarse a un monasterio al sur de Yangón donde le han permitido construir una casa sin tener que pagar por el suelo. “En Yangón ganaba más dinero, pero también gastaba mucho más y no podía costearlo todo. Fue un alivio poder quedarme aquí”, explica la taciturna mujer de 45 años.

Manifestantes durante una protesta por la subida en los precios de la electricidad en Yangon (Reuters).
Manifestantes durante una protesta por la subida en los precios de la electricidad en Yangon (Reuters).

Los precios no son el único problema. En un país donde todo el suelo es supuestamente propiedad del Estado, las expropiaciones de tierras para otorgar concesiones a proyectos económicos se han disparado. Según un informe del Grupo de Derechos Humanos Karen, entre diciembre de 2012 y enero de 2015 hubo al menos 126 casos de confiscaciones de tierras tan solo en el estado Karen, situado al este de Myanmar. “Ahora el Gobierno da el suelo a los ricos. Con nosotros todo campesino será dueño de su tierra”, asegura U Nyan Win, portavoz de la Liga Nacional para la Democracia (LND), principal partido opositor liderado por Aung San Suu Kyi. La política que implementaría la LND si llega al poder no está, sin embargo, clara y Nyan Win apunta a concesiones a largo plazo para pequeños campesinos.

Otros, como Tun Shwe, simplemente han tenido que dejar sus tierras porque el incremento de los insumos y la baja productividad del suelo ya no les permiten sobrevivir. “Yo tenía mucha tierra, seis hectáreas y media de arrozales, y seis vacas, pero moríamos de hambre”, dice el antiguo granjero que ahora tiene una tienda en la que vende desde comida a carbón vegetal.

Una lucha por los recursos naturales

El campamento de Ei Tu Hta parece sacado de las páginas de una guía de viajes que muestra los lugares más auténticos de un país. Con sus casas de paredes de bambú y techos de hojas, el pueblo está flanqueado, por un lado, por la jungla y, por el otro, por el río Salween, que separa de forma natural Myanmar y Tailandia. Sus habitantes son, sin embargo, una mezcla campesinos llegados desde diferentes puntos del este de Myanmar huyendo de los enfrentamientosentre las guerrillas karen y el ejército central.

Myanmar es un frágil rompecabezas formado por más de 130 grupos étnicos que tienen diferentes idiomas, costumbres y religiones. Varios de ellos llevan décadas en conflicto con el gobierno central, muchas veces con los ricos recursos naturales del país como transfondo. La presión por conseguir los jugosos ingresos de las piedras preciosas, las maderas tropicales o la potencia energética de sus ríos ha incrementado también con la apertura económica. Un reciente informe de la ONG Global Witness cifraba, por ejemplo, el tráfico de jade hacia China en 31.000 millones de dólares en 2014, casi la mitad del PIB total del país.

Barqueros esperan para llevar a pasajeros al otro lado del río en Yangon (Reuters).
Barqueros esperan para llevar a pasajeros al otro lado del río en Yangon (Reuters).

El campamento de Ei Tu Hta es un buen ejemplo de ello. El Gobierno tiene planeado construir una potente presa cerca del poblado que desplazará a miles de personas y que alterará el curso del río. “La naturaleza va a cambiar. No creo que pueda capturar tantos peces como antes si construyen la presa y tendré que subir los precios”, asegura Pu Htoe Pwa, uno de los pescadores del campamento. Mientras, los aldeanos se quejan de que se están talando los bosques cercanos para conseguir teca y otras maderas preciosas.

Myanmar se ha convertido también en un nuevo dorado para la industria que busca trabajadores baratos para sus cadenas de producción. Una de las que más rápidamente se ha mudado al país asiático es la industria textil, que ya tiene importantes centros de producción en las vecinas Bangladesh o Camboya, y que se alimenta fundamentalmente de mujeres, las más vulnerables en esta nueva carrera económica. “La situación es incluso más complicada para las mujeres, porque no son ellas las que gestionan el dinero en los hogares”, dice la activista Wai Wai Nu, directora de la Women Peace Network Arakan. “No puedo ganar dinero como un hombre. Para nosotras es más difícil”, coincide Win Ye.

Pero muchos de estos “perdedores” libran la batalla y consiguen pequeñas victorias. El pasado mes de agosto el Gobierno introdujo un nuevo salario mínimo de algo más de 60 euros mensuales tras meses de negociaciones y protestas, especialmente de los trabajadores del textil. En septiembre de 2011, el Ejecutivo también anunció la suspensión de la construcción de la presa de Myitsone, una de las más polémicas del país y proyectada en el conflictivo estado Kachin. Pequeñas mejoras que permiten a algunos de ellos soñar con un futuro mejor. “Yo solo quiero que mi hijo pequeño pueda estudiar para que tenga un buen trabajo”, dice Win Ye. “Así podrá ocuparse de mí cuando sea mayor”.

Fuente: El Confidencial, Mundo. (08.11.2015)
Autora: Laura Villadiego
Foto: Reuters 

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